El núcleo del Nexo de Azkar latía con una luz cian que bañaba la sala circular. Elias, el anciano ermitaño, se apartó del procesador central, dejándome frente al casco de electrodos que parecía una corona de espinas de fibra óptica. El aire estaba cargado de ozono; cada vello de mi cuerpo se erizaba por la estática.
—Si lo haces, Marta, no habrá vuelta atrás —la voz de Liam era un ruego roto—. Tu mente se convertirá en el canal de salida para terabytes de datos de destrucción. Podrías... podría