La puerta del Nexo no se abrió con un código, sino con el peso de nuestra desesperación. Al cruzar el umbral, el frío exterior fue reemplazado por una calidez artificial y rancia, un aire que no se había renovado en décadas. El silencio aquí no era la ausencia de sonido del Velo, sino una presión auditiva que hacía que me zumbaran los oídos.
A medida que avanzábamos por el pasillo de grafito, mi sintonía regresó con una violencia física. Fue como si un cable de alta tensión se conectara directa