El frío de la pasta medicinal en mis sienes me mantenía anclada a la realidad, pero el zumbido de la semilla de cristal —ahora en reposo dentro del cuenco de arena negra— seguía vibrando en la base de mi cráneo. Era un eco persistente, una frecuencia que no pertenecía al mundo físico, sino a la arquitectura invisible que mis padres habían construido sobre nuestras cabezas. Liam observaba a Kael con una mezcla de gratitud y desconfianza. En este mundo roto, donde cada favor solía venir acompañad