El aire en los desfiladeros del Atlas era tan fino que cada respiración se sentía como tragar astillas de hielo. Habíamos dejado atrás la caravana de los Nómadas al pie de la Gran Cresta, y con ellos, cualquier rastro de calor humano. El ascenso hacia el Nexo de Azkar se realizaba por senderos que no figuraban en ningún mapa, caminos de cabras que se asomaban a abismos donde las nubes se arremolinaban como un mar de leche.
—El Velo de Silencio está cerca —dijo Marcus, ajustando la correa de su