El jet privado se inclinó sobre las cumbres afiladas de los Alpes suizos, donde la nieve eterna brillaba con una pureza que hería la vista. A diferencia de la Antártida, aquí no buscábamos un laboratorio abandonado, sino una invitación activa. La frecuencia dorada seguía vibrando en la periferia de mi visión, una melodía matemática que parecía tirar de los hilos de mi propio ADN. Liam permanecía sentado frente a mí, con la mandíbula tensa y una tableta de seguridad que mostraba niveles de encri