El invierno en los Pirineos siempre había sido una presencia viva, pero este año se sentía como un centinela. La casona de madera y piedra, situada en lo más alto del valle, se había convertido en el corazón palpitante de Sant Llorenç. Ya no era un búnker de alta tecnología, sino un taller de supervivencia. El olor a pino quemado y a aceite de motor llenaba el salón donde antes solo reinaba el silencio estéril de los servidores.
Me encontraba sentada frente al ventanal, observando cómo la nieve