Saimon inspiró hondo, volvió al coche y cerró la puerta con un golpe seco, encendió el motor, y se incorporó a la carretera, y esta vez condujo más despacio, no por prudencia, sino por una extraña conciencia de que cada metro que avanzaba podía ser un metro más cerca de una bala en la cabeza.
— Jamás debí besarlo,
se reprochó, aunque una parte de él sabía que lo volvería a hacer si volviera a ese instante.
Cuando finalmente llegó al portón de la finca, el movimiento lo descolocó, el lugar, habi