Capítulo 8

Capítulo 8

Él empezó a oír la sangre de ella con mayor claridad, el flujo rítmico corriendo bajo la piel, llamándolo. Un sonido bajo, hipnótico. Resistir se volvía cada vez más difícil. Elena era como el aire que necesitaba para existir y estaba allí, tan cerca, ofreciéndose sin siquiera darse cuenta de cuánto.

Ella también lo sentía. La seducción flotaba entre ambos como una fuerza viva y palpitante.

Sin importarle más, Vlad dio dos pasos para acortar la distancia entre ellos. Tomó su mano y la atrajo despacio, atento a cualquier señal de retroceso. No hubo ninguna. La otra mano se afirmó en su cintura, caliente, posesiva, mientras sus dedos subían hasta la nuca.

Elena se aferró a su ropa, los dedos apretando la tela con fuerza, como si necesitara eso para mantenerse en pie. Su mente estaba demasiado tensa para razonar. Por un instante, llegó a preguntarse si todo aquello era real… o un sueño peligroso del que no quería despertar.

Se miraron.

Las pupilas de Vlad se dilataron, profundas, hambrientas. Elena le sostuvo la mirada sin reservas, tan absorbida por el momento que nada más existía fuera de ese estrecho espacio entre sus cuerpos.

Sintió que el entorno cambiaba. Fue como atravesar una niebla cálida. El aire a su alrededor pareció transformarse, con un aroma salado y fresco. Cuando parpadeó, lo comprendió: ya no estaban en la mansión.

Había brisa marina en el aire.

El sonido distante de las olas llenaba el silencio, y la suave luz de la luna entraba por una amplia ventana abierta hacia la noche. Las cortinas blancas danzaban con la brisa, rozándole la piel con delicadeza. Estaban en un dormitorio donde todo parecía detenido en el tiempo.

—¿Vlad…? —murmuró, confundida.

Él rió en voz baja.

—No tengas miedo —dijo, acercándose.— Solo… deja que suceda.

Por un breve segundo, sus ojos cambiaron.

El negro profundo cedió lugar a un rojo intenso, vivo, como brasas encendidas en la penumbra. Tan rápido como apareció, el brillo desapareció.

Elena contuvo la respiración.

—¿Qué es este lugar…? —susurró.

Vlad le acarició el rostro, el pulgar rozando su piel suave.

—Donde todo lo que siento… se vuelve más difícil de contener.

La brisa entró con más fuerza por la ventana, agitando las cortinas a su alrededor, envolviéndolos en un velo blanco.

Lentamente, de forma provocadora, él bajó la mirada hasta los labios de ella, apenas entreabiertos. Antes de tocarla, murmuró:

—No tienes idea de cuánto te deseo… —su voz resonó como un susurro antiguo dentro de ella.— Algún día, aún serás mía.

Cuando su boca finalmente encontró la de ella, Elena sintió como si el mundo entero desapareciera. El beso fue intenso, profundo, con una perfección inquietante. Sus piernas se debilitaron y se aferró a él.

—Vlad… —logró murmurar contra sus labios.

Él respondió profundizando el beso, envolviéndola por completo, como si quisiera marcarla más allá de la memoria.

El calor se expandió por el cuerpo de Elena, comenzando en el pecho y descendiendo en oleadas lentas. Su respiración se volvió irregular. Se apretó contra él, dominada por un deseo intenso y prohibido que jamás había sentido antes.

Vlad lo percibió.

El beso cambió sutilmente, volviéndose más contenido, como si luchara contra el efecto que provocaba en ella y en sí mismo. Aun así, continuó, menos feroz, pero igual de ardiente.

Ella lo hizo perder el control cuando deslizó las manos por su pecho y subió por su espalda en un gesto urgente. Un sonido bajo escapó de sus labios, traicionando cuánto estaba absorbida por el momento.

Vlad respondió al instante, intensificando nuevamente el beso. Su mano recorrió el cuello de ella hasta el mentón, elevándole el rostro con delicadeza. Se apartó lo suficiente para rozar con la nariz su piel e inhalar profundamente, como si absorbiera cada rastro de esa entrega silenciosa.

—Elena… —murmuró, con la voz cargada de un deseo febril.

El beso regresó más intenso, más ardiente. La atrajo por la cintura, y el contacto le robó el aliento. Ella sintió la firmeza de su cuerpo contra el suyo y jadeó, notando cómo su propio cuerpo respondía.

La brisa del mar cruzó la habitación con más fuerza. Vlad la envolvió por completo, y Elena sintió que sus pies perdían el contacto con el suelo. Solo se detuvieron cuando la suavidad del colchón recibió sus cuerpos, con el peso de él inclinándose sobre ella.

El deseo de Vlad era palpable. Se acomodó entre las piernas de ella, y Elena sintió la presión insistente de su cuerpo contra el suyo, incluso a través de la ropa que aún los separaba. El roce fue electrizante. Un gemido bajo escapó de su garganta.

Al oírla, Vlad se estremeció. Sus caderas se movieron con mayor intensidad en un gesto instintivo.

Hundió el rostro en la curva de su cuello.

—¿Sientes lo que me haces? —su voz fue un murmullo áspero contra su piel.— Es como hambre… como sed… y solo tú puedes saciarla.

Su mano descendió entre sus cuerpos en un gesto cargado de intención. No fue más allá. Solo la sostuvo allí, firme, transmitiendo el calor y la promesa contenida en ese contacto.

Elena jadeó, sus caderas elevándose involuntariamente.

Sus labios volvieron a encontrarse. Durante algunos segundos, aquel contacto fue todo su universo.

Entonces, él retiró la mano.

La ausencia fue abrupta. Antes de que pudiera reaccionar, todo se oscureció.

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