El amanecer entró despacio por las cortinas claras de la habitación de hotel. La luz dorada se filtraba como un susurro, acariciando las sábanas desordenadas, aún impregnadas del calor de la noche anterior. El aire olía a una mezcla de perfume floral —el que Greeicy había usado para el evento— y el tenue aroma a licor que se había impregnado en sus pieles tras los brindis.
Dylan fue el primero en abrir los ojos. No lo hizo con la rigidez habitual del empresario que siempre calculaba el próximo