El amanecer se filtró como una caricia dorada sobre los ventanales de la mansión Montenegro. La ciudad despertaba con su murmullo constante: el rugir de motores lejanos, las campanas de una iglesia marcando las siete y el canto de los pájaros refugiados en los jardines. En el interior, todo parecía suspendido en un silencio elegante, apenas roto por el suave tic-tac de los relojes antiguos que adornaban los pasillos.
En la suite principal, Greeicy dormía profundamente. Su respiración era tranqu