La tarde caía con pereza sobre la Ciudad, bañando las calles con una luz cálida que parecía suavizar hasta los edificios más fríos.. Pero Dylan Montenegro no tenía ni un segundo para apreciar el paisaje. La desesperación latía en su pecho como un tambor incesante mientras su chofer lo llevaba directamente a la casa de Aníbal Suárez.
En el interior del auto, el aire acondicionado mantenía la temperatura agradable, pero Dylan sentía que ardía por dentro. Sus manos estaban tensas,