La oferta del CEO

La puerta se cerró.

Y el silencio... la terminó de acuchillar

Elena dejó caer la maleta junto a la cama, como si pesara toneladas. Sus piernas ya no respondían, así que simplemente se dejó caer también.

El colchón duro, pero su miedo era pagar un hotel caro y que el dinero se esfumara, el hotel parecía duro, frío. Y ajeno.

Nada como el mundo del que acababa de ser expulsada.

Un suspiro tembloroso escapó de sus labios mientras llevaba una mano a su rostro. Le ardía la mejilla. El golpe. La humillación. La mirada de todos. Y la vergüenza que sintió al ser golpeada deliberadamente.

Pero sobre todo...la de él.

Cerró los ojos con fuerza.

—¿Por qué...? A mi —susurró con voz suave.

No obtuvo respuesta, solo recuerdos, su voz, "Una pecadora."

Su mandíbula se tensó —No lo soy... —murmuró, pero esta vez sonó diferente. No débil.

Había algo más. Algo que empezaba a arder lentamente dentro de ella. Rabia.

Se incorporó de golpe. Caminó hacia el pequeño espejo del cuarto. Se miró. y lo que vio... no le gustó.

Cabello desordeno. Labios partidos, ojos hinchados... pero vivos.

—Esto no se queda así —dijo en voz baja, por primera vez desde que todo comenzó...

Lo sintió, cero dolores, no miedo. Sino decisión.

Horas después...

La noche había caído por completo. La ciudad donde encontraba no estaba tan lejos del lugar donde le rompieron el corazón, indiferente a su tragedia. Elena se puso un elegante vestido y tacones, se peinó y esta vez no se maquillo.

Elena salió del hotel, no sabía exactamente por qué, solo sabía que quedarse encerrada... la estaba asfixiando.

Cada paso que daba la acercaba a una solución y para su suerte encontró un trasporte en el camino, que no le cobro ni un cinco para ir al lugar que ella quería ir.

Elena se subió al bus y vio Luces de neón, observo gente riendo. Música lejana.

Todo parecía pertenecer a otro mundo.

Hasta que...finalmente el bus paso por el edificio, donde no solo pasaron cosas, es donde el Ceo le dijo por primera vez: que mujer tan valiente.

—Alto por favor —dijo bajando de inmediato.

Un edificio elegante. Intocable donde era dominado por un hombre frio.

El mismo lugar donde su vida se había destruido horas antes.

Su pecho se tensó.

—¿Qué estoy haciendo aquí...?

Pero no se movió, no podía, porque en el fondo necesitaba respuestas. necesitaba verlo.

Elena comino aun golpeada, y se metió dentro del edificio

El ambiente era completamente distinto.

Silencioso, exclusivo, privado, ella se topó con un evento. Según ella se toparía con el ceo trabajando ya que él es obsesivo con el trabajo.

Había gente importante. trajes caros. Copas lujosas.

Y él...Siempre en el centro.

Elena no sabía cómo había logrado entender de donde estuvo realmente, pero la gente Tal vez la ignoraba y ella ni por enterada. Tal vez nadie esperaba verla ahí. O tal vez...Nadie creía que tendría el valor de regresar.

Pero ahí estaba, de pie, frente a todos.

Otra vez, ese murmullo comenzó a levantarse.

—¿No es ella...?

—La ladrona...

—Qué descaro...

Elena apretó los puños. pero no retrocedió, no esta vez.

Entonces lo vio, de espaldas, impecable, dominante, con el perfume más caro del mundo.

Como si el mundo entero le perteneciera. Al gran CEO.

El hombre que la destruyó... ...y que ahora era la única pieza que necesitaba para reconstruirse.

—Señor —dijo alguien cerca de él.

Él giró lentamente.

Y sus ojos... Se encontraron con los de ella.

El tiempo se detuvo, Otra vez. pero esta vez...Fue diferente.

Porque ya no había súplica en los ojos de Elena, solo fuego.

El silencio cayó como una sentencia.

Él la observó, largo, pero excítate a su vez, Frío y analítico.

—Pensé que ya habías entendido tu lugar —dijo finalmente.

Su voz seguía siendo la misma pisca de cortante.

Elena dio un paso al frente.

—Y yo pensé que usted buscaba la verdad.

Un murmullo más fuerte recorrió la sala.

Atreverse a hablarle así...Era un error, uno grave. Pero ella ya no tenía nada que perder, el entrecerró los ojos.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿O qué? —replicó ella—. ¿Me va a despedir otra vez?

Un silencio incómodo cayó.

Alguien dejó caer una copa, el ambiente se tensó.

Pero él...Sonrió, ligeramente. Y eso fue peor que cualquier grito.

—Interesante... —murmuró—. Parece que la "pecadora" tiene carácter.

Elena sintió un escalofrío. pero no retrocedió.

—No soy lo que usted cree.

—No me interesa lo que eres —respondió él sin emoción.

Eso dolió, despues del que Ceo meses atrás se la haya comido con la mirada.

Pero ella resistió. —Entonces... ¿por qué el dinero? —dijo directo. Y sin rodeos. por primera vez...

Algo cambió en su expresión, muy leve. pero suficiente.

—Veo que lo encontraste.

—No soy una limosnera —dijo ella directa.

Sus miradas se posaron en ambos.

—No —dijo él finalmente—. Eres una inversión.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué...?

Él dio un paso hacia ella.

Luego otro.

Hasta quedar demasiado cerca.

Invadiendo su espacio.

Dominándola sin tocarla.

—Porque una mujer que regresa después de ser humillada... —su voz bajó— no es débil.

Elena sintió su respiración detenerse.

—Es peligrosa.

El corazón de Elena dio un latido.

—Y las personas peligrosas... —añadió él— son útiles.

Elena lo miró fijamente.

—No soy su herramienta.

—Aún no.

El aire se volvió pesado.

—Pero podrías ser algo más. ¿Viniste hasta con ese vestido rojo y tacones negros a provocar algo de sentimiento en mí?

Elena tragó saliva.

—¿Qué quiere decir?, y respecto a tu pregunta yo me visto para mi sola, y para sentirme bien conmigo misma.

Él la miró, directo a los ojos, y sin rodeos, sin piedad alguna y entonces dijo las palabras que cambiarían todo:

—Cásate conmigo. Asi curo tus golpes de una vez.

El mundo... se detuvo.

—No, lo hare, porque eso que acabas de decir es una broma, asi que adiós para siempre, ya vere como me las arreglo sin usted —le dijo acercándose a la piel de Ceo con rapidez. y con esa rapidez camino por el pasillo y salió de la puerta y regreso al hotel de nuevo.

Sin pensar, sin sentir.

Hasta que el cansancio la venció.

No sabía cuánto tiempo había pasado. Pero el golpe en la puerta la despertó de golpe.

Un golpe fuerte. Intentó reaccionar, y lo sintió de pronto: un sonido seco.

Insistente.

Sus ojos se abrieron de inmediato.

Desorientada. Su corazón comenzó a latir rápido. Demasiado rápido. Otro golpe. Más fuerte esta vez.

Se incorporó lentamente. El dolor en su cuerpo le recordó todo de golpe.

Todo.

Miró hacia la pequeña mesa. El reloj. 8:00 p.m.

Le parecía que había dormido mucho.

Su ceño se frunció.

¿Quién...?

No esperaba a nadie. Nadie sabía que estaba ahí.

El tercer golpe resonó, más impaciente, más peligroso.

Tragó saliva.

Sus pies tocaron el suelo frío mientras se acercaba lentamente a la puerta.

Cada paso era una advertencia. Algo no estaba bien.

¿Qué podía pasarle? ¿Acaso la secuestrarían?

—¿Quién es? —preguntó, con la voz apenas firme.

Silencio.

Un segundo. Dos.

Y entonces—

—Abre —dijo esa voz.

Su cuerpo se congeló.

No. No podía ser.

Su respiración se detuvo.

—Sabes que soy yo.

Fría como un témpano de hielo.

Controlada. Inconfundible.

El CEO.

El miedo se mezcló con algo más: rabia, dolor y confusión.

Sus manos temblaron ligeramente... pero aun así, giró la perilla.

Error.

La puerta se abrió apenas unos centímetros... y él la empujó sin esfuerzo.

Entró.

Como si el lugar le perteneciera.

Como si ella... le perteneciera.

Cerró la puerta detrás de él.

El sonido fue definitivo.

Sus pasos retrocedieron automáticamente.

—¿Qué haces aquí? —logró decir.

Él no respondió de inmediato.

Sus ojos recorrieron la pequeña habitación, lentos, críticos, como si evaluara el lugar.

Como si todo confirmara algo que ya pensaba de ella.

Luego... la miró.

Y esta vez... había algo diferente en su expresión.

No era solo desprecio.

Era algo más oscuro. Más peligroso.

Y, por otro lado... confusión.

—¿Este es el lugar que elegiste? —preguntó, con una calma incómoda.

Ella apretó los puños.

—No es asunto tuyo.

Un silencio pesado cayó entre ellos.

Y entonces...

dio un paso hacia ella.

Instintivamente, ella retrocedió, hasta que su espalda chocó con la pared.

Sin salida.

Su presencia llenó el espacio.

Su cuerpo y el de ella estaban demasiado cerca. Demasiado intenso.

—Tomaste el dinero.

Su corazón dio un salto —le paso rosando suave la oreja.

Así que sí. Era suyo.

Le sostuvo la mirada.

—Lo necesitaba. Aparte, estaba en la maleta que me compraste. Yo no sabía nada.

No se disculpó.

No esta vez.

Sus ojos brillaron apenas.

¿Sorpresa? ¿Interés?

No estaba segura.

—Eres más lista de lo que pensé.

No sonó como un cumplido.

Sonó como una advertencia.

—¿Viniste a reclamarlo? —preguntó ella, desafiante—. Porque no lo haré.

Un segundo.

—Mejor dime cómo me encontraste. ¿Cómo sabías que estaba aquí, en este hotel?

Contó mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Y entonces...él sonrió.

Pero no era una sonrisa amable, nunca lo era.

—No. —Se inclinó ligeramente hacia ella.

Demasiado cerca.

Ella sintió su respiración.

—Vine a hacerte una oferta, para decirte que no estoy bromeando.

Su estómago se tensó.

—No me interesa. Me duelen los golpes que esa tipeja me dio... y tú ni me defendiste —dijo, alterada.

—Te interesa.

Su voz bajó.

Peligrosa. Tentadora. Segura.

Como si ya supiera su respuesta.

—Porque no tienes nada.

El golpe fue directo. Brutal.

Pero ella no apartó la mirada.

—Prefiero no tener nada... que volver a caer en tus juegos.

El silencio se volvió más pesado.

Y entonces... él dijo algo que lo cambió todo.

—Cásate conmigo.

El mundo se detuvo.

Su mente... en blanco.

Su corazón... fuera de control.

—¿Qué...?

Pensó que había escuchado mal.

Pero no, su mirada no dudó, no vaciló. No era un juego como ella pensaba.

Era completamente serio.

—Un matrimonio —continuó—. Legal. Público.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Estás loco?

—Es la única forma de limpiar tu nombre.

Las palabras cayeron como una bomba.

—Y también... —añadió, con frialdad— de mantenerte bajo control.

El silencio explotó entre ellos.

Su pecho subía y bajaba con agitación.

Ella no tenía la culpa de nada.

Esto no era una propuesta.

Era una trampa.

—Prefiero seguir siendo una "pecadora" —susurró.

Sus ojos se oscurecieron.

Y por primera vez... pareció intrigado.

—No por mucho tiempo. De hecho, me llama la atención ese video tuyo con otro hombre. El título de "pecadora en la cama" te queda bien. Mandé a analizar cada video. No soy tonto. Según informática, hubo montaje. Y con respecto a tu otra pregunta... la maleta tiene GPS. Por eso te encontré.

Se enderezó, imponente, dominante, inevitable.

—Porque al final...

Su mirada se clavó en la de ella.

—...vas a aceptar. Y en el fondo... lo peor de todo... era que una parte de ella sabía que tenía razón.

Abrió la boca, quería decir algo, Cualquier cosa un rechazo, un insulto.

Un "no". Pero las palabras no salieron.

Todo comenzó a girar, primero lento.

Luego... demasiado rápido, el rostro del CEO se volvió borroso.

La habitación... inestable. —Yo no... —intentó.

Su voz se debilitó. le costaba respirar, el aire le faltaba.

Sus piernas dejaron de responder. Y entonces... todo se volvió oscuro.

Unos brazos la atraparon antes de tocar el suelo. Calor. Seguridad... inesperada.

Un leve ceño apareció en el rostro del CEO mientras sostenía su cuerpo inerte.

—Tch...

Su mirada recorrió su rostro.

Se detuvo en el moretón que comenzaba a formarse en su mejilla.

Sus labios se tensaron.

—Inútil...Pero no la soltó. al contrario... la sostuvo con fuerza, luego, todo se volvió oscuro.

Cuando abrió los ojos de nuevo...

lo primero que sintió fue el olor. comida, caliente.Su estómago reaccionó de inmediato

Parpadeó varias veces, confundida.

El techo del hotel, la misma habitación, pero algo había cambiado.,

Giró ligeramente la cabeza. Y lo vio, sentado frente a la pequeña mesa, fuera de lugar. Con sus ojos fríos.

Pero después...había sonreído.

Y ahora... la culpaba por algo que no cometió, sobre la mesa, una bolsa de comida.

Y él...observándola.

—Despertaste. Por poco pensé que estabas muerta —Su voz fue baja. Como si nada hubiera pasado.

Intentó incorporarse, Un quejido escapó de sus labios.

—No te muevas. —La orden fue inmediata.

Elena sin entender por qué...obedeció.

No tenía a dónde ir, no podía regresar con sus padres.

Sus ojos se deslizaron hacia la comida. Luego hacia él.

—¿Qué haces aquí todavía? —Su voz era débil.

Él no respondió directamente, se levantó, tomó la bolsa.

Caminó hacia ella, Se detuvo junto a la cama.

Demasiado cerca. —Debes estar hambrienta —Sus palabras fueron simples.

Ella tragó saliva.

—Después de la golpiza...

El silencio cayó, denso y incomodo. —Sus ojos se endurecieron.

Algo cruzó su expresión, Oscuro.

—No debiste dejar que pasara.

Pero con algo más debajo, algo que no encajaba. Ella lo miró, Incrédula.

—¿Perdón? —rió con amargura—. ¿Ahora es mi culpa?

Él no respondió de inmediato, solo la observó, Intensamente, como si la analizara. Luego...

le extendió la comida.

—Come.

Ella apretó los labios.

Su orgullo gritaba que no, pero su cuerpo la traicionó.

Sus manos temblaron al tomar la bolsa, el contacto fue breve, pero suficiente, sintió el roce de sus dedos. Y aun así... demasiado.

Abrió la comida, y comió, sin detenerse, sin mirarlo. Como si fuera lo único importante. Pero él no se movió, no se sentó, no apartaba la mirada, solo la observaba.

Cuando terminó...respiró más tranquila, alzó la vista.

—¿Por qué haces esto?

Su voz fue más fuerte y consistente.

Sus ojos no parpadearon.

—Porque te necesito.

El aire se congeló.

Su corazón se detuvo un segundo.

—¿Para qué?

Él dio un paso más.

—Para lo que ya te dije... Su voz bajó. —Ese matrimonio. —Su expresión se endureció.

—Ya te dije que no.

El silencio volvió, y entonces... él dijo su nombre.—...Elena. —Fue diferente, lento, intencional como si algo cambiara.

Su respiración se volvió irregular.

—No tienes muchas opciones, Elena. ¿Puedes sostenerte sola? Sin dinero. Sin comida. Casi mueres hoy. Si no fuera por mí...

Su pecho se tensó.

—Tal vez no —respondió—.

Lo miró fijamente.

—Pero tampoco soy tuya.

El silencio explotó. Y por primera vez... algo brilló en sus ojos, no era enojo, ni desprecio era algo más. interés. Y eso... era peor.

—No soy tuya —repitió.

Lo vio en su mirada, ese cambio, se levantó como pudo, se acercó a él.

Él avanzó, hasta eliminar la distancia.

Su espalda chocó con la pared. Otra vez, y sin salida.

Sintió su respiración. cálida, cercana.

—Deberías tener cuidado con lo que dices —murmuró—. No estás en posición de desafiarme.

Su corazón latía con fuerza.

Pero no apartó la mirada.

—Entonces deja de actuar como si pudieras controlarlo todo...

Su voz tembló.

—...Adrián. —El efecto fue inmediato.

El aire cambió.

Sus ojos se estrecharon. —¿Así que ya te sientes con derecho a llamarme por mi nombre?

Su voz bajó más. se inclinó. sus labios quedaron a centímetros de los de ella.

Ella dejó de respirar.

—Repítelo —susurró.

Su voz rozó sus labios.

Un escalofrío la recorrió. —Adrián...

Y entonces— Un flash, brillante, cegador.

Ella se sobresaltó, Él se separó.

—¿Qué fue eso?

Ella giró la cabeza.

Y lo vio.

Una sombra en la ventana.

Otro flash, más claro.

Su estómago se hundió.

—¿Alguien... nos está fotografiando?

Su voz fue apenas audible.

Él no respondió de inmediato.

Pero cuando lo hizo...

su tono cambió.

—No es alguien.

Se giró hacia ella.

Había urgencia en sus ojos.

—Son paparazzi.

El mundo se detuvo.

—No...

Pero sí.

Y lo entendió demasiado tarde.

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