La destruyó y la reclamó

Ella, golpeada, en una habitación de hotel barato, con él. El CEO a solas de noche.

—Esto es malo... —susurró.

Él dio un paso hacia ella, decidido. Como si ya hubiera tomado una decisión.

—No —le dijo, dando otro paso.

—Esto es perfecto.

Ella frunció el ceño. Pero entonces, él la miró. Directamente, y supo que nada bueno iba a salir de eso.

—Ahora ya no tienes opción.

Su corazón dio un golpe fuerte.

—¿De qué estás hablando? —Pero en el fondo... ya lo sabía.

—Mañana —dijo él, con calma— todos creerán que pasaste la noche conmigo.

Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso no es verdad.

—No importa.

Su voz la cortó. Fría, sin espacio para discutir.

—Importa lo que vean.

Su mirada bajó por un segundo hacia sus labios... y luego volvió a sus ojos.

—Y lo que van a ver... y les diré que ya no eres virgen.

Su voz bajó.

—Es a una mujer caída... en la habitación más fea de este planeta.

—No puedes hacerme esto —dijo ella con calma.

Pero él no retrocedió.

—Ya está hecho.

El silencio la aplastó.

—Así que ahora... —Se inclinó hacia ella otra vez.

—La única forma de salvar lo que queda de tu reputación...

Sus labios quedaron a un suspiro de los de ella.

—Es convertirte en mi esposa.

El mundo ya estaba ardiendo por ella... y esta vez no había escapatoria.

—No —susurró, negando con la cabeza—. No voy a aceptar eso.

Sus ojos no parpadearon ni una sola vez, como si ya supiera que estaba mintiendo, que tarde o temprano... iba a ceder.

—Ve a dormir —le dijo, mientras ella parpadeó, confundida.

—¿Qué?

Su tono fue el mismo de siempre.

Frío. Controlado. Inquebrantable.

—Mañana hablamos —le dijo, como si fuera así de simple, como si lo que acababa de pasar no fuera suficiente para destruirla.

A la mañana siguiente...

El sonido de su celular vibrando la despertó.

Frunció el ceño casi de inmediato.

No recordaba haberlo dejado encendido. Lo tomó con manos torpes.

Pantalla encendida, y una decena de notificaciones, mensajes, llamadas perdidas, las redes sociales explotando.

Su corazón comenzó a latir rápido. Entonces abrió la primera noticia. Y entonces... todo se vino abajo.

Con letras mayúsculas.

Un espanto.

¿Qué era esto?

"ESCÁNDALO: CEO CAPTADO EN HOTEL BARATO CON EMPLEADA DESPEDIDA"

Sus manos temblaron. Deslizó la pantalla.

Otra.

"DE PECADORA A AMANTE: LA VERDAD DETRÁS DE LA MUJER QUE TRAICIONÓ A LA EMPRESA"

Otra más.

"IMÁGENES EXCLUSIVAS: LA NOCHE SECRETA DEL CEO Y SU EMPLEADA CAÍDA"

Las fotos.

Ahí estaba ella, contra la pared. Él... demasiado cerca, sus labios casi tocando los suyos.

Parecía...

Parecía exactamente lo que querían que pareciera.

Un escándalo.

—No... —susurró, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba—. No...

Leyó la sección de comentarios. Miles, para su desgracia.

—"Siempre fue una cualquiera."

—"Seguro se acostó con él para subir."

—"Ahora entiendo por qué la despidieron."

—"Las mujeres como ella arruinan todo."

—"¿Qué pasó con el otro hombre del otro video? O sea, ¿que está saliendo con los dos a la vez?"

No podía creer cada palabra que estaba leyendo.

No. Otra vez no.

—Abre —gritó él desde afuera.

Se levantó lentamente, caminó, abrió la puerta.

Y ahí estaba.

Adrián. Intocable.

Como si el mundo no estuviera ardiendo por su culpa, cerró la puerta detrás de él.

Luego la miró. Sus ojos recorrieron su rostro.

—Ya lo viste —dijo, mientras ella apretaba los labios.

—Arruinaste mi vida.

Su voz salió con amargura.

Él no reaccionó.

—No —dijo, dando un paso hacia ella.

—Te di una oportunidad.

—¿Esto es una oportunidad?

Su voz tembló de los nervios.

—¡Me están destrozando allá afuera!

Él se detuvo frente a ella.

—A menos que aceptes.

Sus ojos se abrieron.

—No...

Negó.

—Cásate conmigo. No seas necia.

—O aceptas ser mi esposa... —Se inclinó ligeramente hacia ella— o te quedas como la mujer que todos ya creen que eres.

Las lágrimas siguieron cayendo.

Pero esta vez no eran solo de dolor.

Eran de impotencia. De rabia.

Porque sabía que él y ella... terminarían así.

—Eres un monstruo...

—Tal vez —respondió él con desdén.

Su mirada no se apartó de la de ella.

—Pero ahora mismo... di lo que quiero que digas. Sabes que tendrás un mes para que te pongas bella solo para mí.

—Acepto —añadió ella, sosteniendo su mirada.

—Pero tengo una condición.

Esta vez... sí lo sorprendió.

Ese leve arqueo de ceja. Ese brillo distinto en sus ojos.

Como si no esperara que alguien en su posición... se atreviera a negociar.

—Habla —dijo con una sola palabra.

—Este matrimonio... —su voz no tembló— no será como tú quieres.

Sus ojos se oscurecieron ligeramente.

Pero no la detuvo.

—No voy a ser tu esposa de adorno —continuó—. Ni tu herramienta. Ni alguien a quien puedas humillar cuando te dé la gana.

—Si quieres que acepte... —tragó saliva, pero mantuvo la mirada firme— entonces será bajo mis condiciones.

Él no se movió.

Pero algo en su postura cambió.

Más atento. Más... interesado.

—Durante este matrimonio... —siguió— me vas a respetar.

Sus labios se tensaron apenas.

—No vas a volver a tocarme sin mi consentimiento.

El aire se volvió más pesado.

—Y frente a todos... —su voz bajó, pero no perdió fuerza— me vas a tratar como lo que dices que quieres que sea.

Adrián alzó la mano, intentando descargar su molestia, pero ella se adelantó.

—Tu esposa. Porque eso seré en un mes. Y si llegas a pegarme, soy capaz de denunciarte, así que no intentes eso. No va a funcionar. Por cierto, pondré cámaras en toda tu mansión, así no hay malentendidos —dijo con una leve sonrisa.

Su respiración se detuvo.

—¿Terminaste?

Su voz fue baja.

Demasiado tranquila.

Ella asintió.

No confiaba en su voz.

Él se acercó más, hasta quedar frente a ella.

—¿Y qué te hace pensar... —murmuró— que estás en posición de poner condiciones?

El golpe fue directo.

—Pensé que eras débil —añadió, observándola con más atención.

Su mirada recorrió su rostro.

—Pero parece que me equivoqué. Recupérate de los golpes. En un mes nos casaremos.

—¿Qué? —preguntó ella.

No supo si eso era un cumplido... o una advertencia.

—Acepto.

La palabra cayó como un golpe.

Parpadeó.

—¿Qué? —se asustó ante su cinismo.

—Tus condiciones.

Su respiración se detuvo.

¿Tan fácil?

No.

Nada con él era fácil.

—Pero no te confundas —añadió, inclinándose ligeramente hacia ella—.

Su voz bajó.

—No te soporto, Adrián —dijo ella, molesta.

—Eso quiero ver —respondió él con una sonrisa cínica.

—Por cierto, nada de andarme besando, ¿me oíste? —le gritó.

—No me hagas reír —dijo Adrián con esos ojos extraños sobre ella.

Para su desgracia, escuchó golpes en la puerta.

Frunció el ceño.

—¿Esperas a alguien? —preguntó.

Él no respondió de inmediato, pero su expresión cambió.

Lo suficiente para alertarla.

Caminó hacia la puerta.

—Elena... —empezó él.

Pero ya era tarde.

Abrió.

Un hombre de traje impecable.

Una mujer elegante, mirada fría.

Sus ojos la recorrieron de arriba abajo. Con una desaprobación absoluta.

—Así que tú eres... —dijo la mujer con una sonrisa que no era sonrisa— la "pecadora... y encima roba. No quiero imaginar con cuántos hombres duermes a diario".

Intentó reaccionar.

Intentó decir algo.

Pero su cuerpo no respondió.

—Adrián —dijo el hombre, entrando sin permiso—. ¿Este es el nivel al que has llegado?

Retrocedió un paso. Luego otro.

Necesitaba cerrar la puerta. Necesitaba salir de ahí.

Pero sus manos temblaban.

Y entonces... todo pasó demasiado rápido.

Resbaló.

Un mal movimiento.

—¡Ah—!

Pero no cayó.

No completamente.

Adrián la sostuvo. Su brazo rodeó su cintura.

La sostuvo con rapidez.

Sus rostros quedaron a centímetros, otra vez.

Pero esta vez no fue intencional.

Fue un accidente.

Y entonces... sus labios rozaron los de él.

Un segundo.

Nada más.

Pero suficiente para incendiarlo todo.

Hasta que—

Muchos flashes.

Se separaron de golpe.

Las voces estallaron afuera.

—¡Aquí lo tienen!

—¡El CEO y la mujer del escándalo!

—¡Esto es oro!

Su corazón se detuvo.

No giró la cabeza.

Y ahí estaban.

Cámaras. Micrófonos. Luces.

Invadiéndolo todo.

—¡Miren eso! —gritó uno—

—¡Se besan frente a sus propios padres!

El mundo giró.

—¡Esto es oficial! —añadió otro—

—¡Se casarán en un mes! ¿No es emocionante?

Las palabras explotaron en su cabeza.

Los flashes no se detenían.

Las voces tampoco.

—¡Míralos!

—¡La amante convertida en esposa!

—¡Esto va a romper internet!

Sintió el agarre de Adrián en su cintura.

Más posesivo.

Levantó la mirada hacia él.

Buscando... algo.

Una negación.

Entonces alguien encendió la cámara y se dirigió a Adrián.

—¡CEO! Díganos... ¿qué fue lo que lo enamoró de la señorita Elena?

El silencio no llegó.

Pero algo dentro de ella... sí se detuvo.

—¿Por qué, de entre todas las mujeres que ha tenido en el pasado, ninguna fue elegida esposa?

Un murmullo recorrió el lugar.

Cruel. Expectante.

—¿Qué tiene ella que las otras cien no tenían? —remató el periodista—. ¿Por qué Elena sí cumple con ese requisito?

En ese momento, otro hombre se acercó.

—Necesito una foto de ustedes besándose ahora mismo —dijo con insistencia.

Los labios de Adrián se inclinaron apenas más—

Y todo quedó suspendido.

En ese instante.

En esa distancia mínima.

En ese beso...

Que aún no ocurría.

Pero sus labios estaban muy cerca.

Adrián no respondió de inmediato, Solo la miró, y entonces... Se inclinó, sus labios chocaron con los de ella sin aviso.

No fue suave, no fue lento, fue un beso que arrasó, Intenso. dominante. Como si no le importara nada de lo que ocurría alrededor.

Los flashes explotaron con más fuerza.

Las voces gritaron.

Pero para Elena... todo se volvió silencio.

Su mente quedó en blanco.

Sus ojos se abrieron, completamente confundidos.

No respondió.

No supo cómo, aparte que no le dio el tiempo, ni la voz.

Porque ese beso no pedía permiso, lo tomaba, y cuando él finalmente se separó...

Ella seguía inmóvil, respirando agitada.

Perdida, confundida, sin entender... qué acababa de pasar.

Pero Adrián no le dio tiempo, su mano bajó directamente a su cintura. Poseyéndola.

—Nos vamos a esconder un rato —dijo, sin mirar a nadie más.

Y la jaló, literalmente. Corrieron por el pasillo y Elena vio mucha gente como si eso fuera un espectáculo.

Elena apenas reaccionó cuando él la sacó de entre las cámaras, los gritos, el caos.

La puerta de la limosina negra se abrió frente a ellos, Lujosa.

Él la empujó suavemente dentro, y subió detrás de ella, y la puerta se cerró.

El mundo quedó afuera. Y entonces— ¡Plaf! El sonido seco de la cachetada rompió el aire.

Elena respiraba con nerviosismo.

Su mano aún en alto.

—¡¿Qué te pasa?! —su voz tembló, llena de rabia—. ¡Te dije que no me tocaras!

El rostro de Adrián apenas se movió con el golpe.

Giró lentamente la cara de nuevo hacia ella.

Sus ojos... más oscuros, más peligrosos, y sin advertencia— Volvió a besarla, más fuerte, más profundo, como castigo.

Como respuesta, como si su rebeldía solo lo empujara a tomar más. Elena se quedó rígida otra vez. sus manos temblaron, su mente gritaba que lo detuviera.

Pero su cuerpo... No reaccionaba a tiempo.

Cuando él se separó, su respiración era pesada, Pero había algo más ahí, algo que no estaba antes.

—Muévete —ordenó, sin mirarla—.

Luego, tocó el vidrio divisorio.

—Sigan el GPS de la maleta —dijo con frialdad—. Encontrarán la habitación del hotel.

Hizo una pausa.

—Vayan por las cosas de mi futura esposa.

Elena lo miró.

Y esta vez... Sí sintió miedo, no del hombre arrogante, sino de esto.

De quien realmente era, Porque ese tono... no tenía emoción, no tenía duda.

Era absoluto. —Adrián... —susurró, Pero él no la miró.

No respondió, y eso fue peor. En el retrovisor Adrián vio que finalmente uno de sus guardespaldas puso la maleta dentro de la limosina.

La limosina avanzó durante lo que parecieron horas.

Elena no habló.

No pudo, se limitó a observarlo en silencio, Intentando entenderlo, reconocerlo, pero no lo logró. porque el hombre frente a ella... No era el mismo que había creído conocer.

Cuando finalmente llegaron, las maletas ya estaban ahí.

Los guardaespaldas las colocaron con precisión.

Sin decir una palabra.

Adrián salió primero. luego le extendió la mano, Ella no la tomó.

Bajó sola, manteniendo distancia, marcando una línea, una que él claramente no respetaba.

Adrián ni siquiera reaccionó.

—Síganla —ordenó a sus hombres, señalando la limosina.

Y luego...

La tomó de la cintura otra vez. sin permiso. con naturalidad, como si ya fuera suya.

Y la llevó. Elena se detuvo y arqueo una ceja cuando vio la mansión.

Gigantesca, aislada. rodeada de seguridad, Lujo en cada detalle.

Pero también...Intocable. como él.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—Adrián... —su voz salió baja, casi perdida—. Esto no es para mí.

Dio un paso atrás.

—Esto no está bien. Él no respondió.

Solo la observó, analizándola.

Midiendo cada reacción.

—¿Por qué me tocas... —añadió ella, mirándolo directamente— cuando te dije que no lo hicieras?

El silencio cayó entre los dos. Y esta vez...No había cámaras. No había público, solo ellos.

Y la verdad... empezando a mostrarse.

—No se pero en un mes nos casaremos y pasaras un mes en esta mansión secreta, no me gusta que la gente te denigré, yo les enseñare a todos que te deben respetar. 

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