El CEO Me Llamó Pecadora... y Me Hizo Su Esposa
El CEO Me Llamó Pecadora... y Me Hizo Su Esposa
Por: karli_estrella
Marcada como pecadora

—¿Cómo pudiste hacer algo tan bajo? —dijo la voz autoritaria.

La voz atravesó la sala como un cuchillo afilado, cortando el aire sin piedad. Era áspera, hiriente... suficiente para erizarle la piel al instante.

Elena Rossi sintió cómo cada vello de su cuerpo se levantaba, nunca le habían hablado de esa manera.

Todos se giraron hacia ella. Elena suspiro en sus adentros, ella solo quería entender lo que pasaba.

Y lo peor no fue eso.

Fue la expresión en sus rostros... como si estuvieran mirando a alguien que acababa de cometer un crimen imperdonable.

El aire se volvió denso. Irrespirable.

Las miradas cayeron sobre ella como agujas invisibles, clavándose en su piel una tras otra. Nadie hablaba... pero no hacía falta.

Todos pensaban lo mismo.

—Culpable, me decepcionas — sus palabras cayeron con balde de agua.

Negó con la cabeza y dio un paso atrás. Su corazón empezó a latir con una fuerza brutal, tanto que dolía.

—Yo... yo no hice nada.

Su voz salió débil.

Inútil.

Frente a ella, la pantalla gigante repetía las imágenes una y otra vez, como si el mundo entero necesitara asegurarse de su condena. Lo más inquietante era que el rostro de la mujer nunca se veía.

Pero aun así...

Era ella.

Ella entrando a esa habitación.

Ella saliendo minutos después.

Y luego...

El archivo filtrado.

El contrato confidencial robado.

El silencio que siguió fue sofocante.

Y después... el caos.

—Qué vergüenza...

—Siempre parecía tan correcta...

—Las peores son las que se hacen las inocentes...

Cada palabra se filtraba en sus oídos sin compasión, rompiéndola lentamente desde dentro.

—Explícate.

Esa voz. Fría. Autoritaria. Implacable.

Elena levantó la mirada. Y lo vio.

De pie entre la multitud, impecable en su traje oscuro. Intocable. Como si todo aquello no fuera más que una molestia insignificante en su mundo perfecto.

El CEO.

El hombre que podía destruirla... o salvarla.

Sus ojos se clavaron en los de ella, sin emoción, sin duda y Sin piedad.

Elena tragó saliva.

—Yo no robé nada —dijo, obligándose a mantenerse bajo la raya —. Alguien manipuló eso.

Una risa baja rompió la tensión.

—Claro... ahora resulta que eres la víctima.

No necesitó mirar.

Sabía perfectamente quién era. Ella, perfecta. elegante. intocable.

La mujer que todos admiraban... y que siempre la había odiado.

Cruzó los brazos, observándola con una sonrisa venenosa.

—Las pruebas son claras. Estuviste ahí. Nadie más entró.

El pecho de Elena se agito.

—Eso no significa que yo...

—Suficiente —dijo en una sola palabra.

Y el mundo se detuvo. Él dio un paso al frente, lento. Seguro y peligroso.

Cada uno de sus movimientos le robaba el aire, hasta quedar frente a ella.

—¿De verdad esperas que crea que eres inocente? —Su voz fue baja, controlada... pero cargada de algo mucho peor que el enojo y desprecio.

Algo dentro de Elena se removió . No tenía la culpa. Ni siquiera se veía el rostro de la mujer en el video.

—Sí —susurró—. Porque lo soy.

Entonces... él sonrió.

Pero no fue una sonrisa cálida, fue fría, cruel, devastadora.

—Qué decepción. —Las palabras cayeron como una sentencia final.

—Pensé que al menos tendrías la decencia de admitirlo.

La garganta de Elena ardió. Quiso gritar. Defenderse. Romper todo.

—No puedo admitir algo que no hice.

Un murmullo recorrió la sala.

Él inclinó ligeramente la cabeza, mirándola como si fuera algo indigno de existir.

—Robar información confidencial... —dijo con lentitud calculada—. Traicionar a la empresa que te dio todo.

Sus ojos se oscurecieron.

—Eso te convierte en algo muy claro.

El aire desapareció de los pulmones de Elena.

—Una pecadora.

El golpe fue silencioso, pero letal y eso no era para nada bueno.

Alguien jadeó.

Otros desviaron la mirada.

Algunos... sonrieron.

Las manos de Elena comenzaron a temblar.

—No soy... —Pero no pudo terminar.

Porque en ese instante lo entendió, no importaba lo que dijera, no mientras él la mirara con ese desprecio, no importaba la verdad.

Ya habían decidido quién era, ya la habían condenado.

La pantalla seguía repitiendo las imágenes, una y otra vez, como una marca imborrable.

Las lágrimas ardieron en sus ojos... pero no las dejó caer.

"No frente a ellos."

No frente a él.

—Recoge tus cosas, pecadora —ordenó finalmente, dando un paso atrás, como si ya no valiera la pena mirarla.

El corazón de Elena se detuvo.

—Estás despedida.

El mundo se vino abajo.

¿Y ahora qué?

Pero lo peor no fue perder el trabajo.

Fue su mirada final.

Como si nunca hubiera sido nada.

Como si nunca hubiera importado.

Como si... siempre hubiera sido exactamente eso.

Una pecadora, que no tiene la culpa.

Y en ese instante, sin saberlo...

Su caída acababa de comenzar.

Una caída amarga, inevitable.

En su mente solo había un pensamiento:

"¿Por qué soy tan débil?"

El silencio aún pesaba cuando dio el primer paso hacia la salida.

Luego otro. Contó cada paso y su mente.

Las miradas seguían emergentes en ella, como queriendo grabar su humillación para siempre.

Respira. Solo sal. —Solo—

—¡Detente! Elena Rossi.

Su nombre la paralizó.

La sangre se le heló, No quería girarse. Pero termino por hacerlo, pero eso fue un error garrafal.

Ella caminaba hacia ella con una sonrisa afilada. Tacones firmes. Elegancia impecable.

Crueldad pura.

—No puedes irte así como así —dijo, ladeando la cabeza—. Después de todo... nos debes un pequeño espectáculo.

Un murmullo recorrió la sala.

El estómago de Elena se encogió.

—No tengo nada más que decir.

Intentó avanzar.

Pero una mano la sujetó del brazo.

Demasiado fuerte.

—Yo no te di permiso.

Su voz descendió, y peligrosa.

—Vamos... —susurró junto a su oído—. Divirtámonos un poco.

El empujón llegó sin aviso.

Brutal. El cuerpo de Elena se tambaleó hacia atrás, y los tacones resbalaron.

Y cayó. Un golpe doloroso contra el suelo fue su parte final de entender, que las cosas no estaban bien.

El aire abandonó sus pulmones.

—Ups... —su voz sonó burlona—. Qué torpe.

Las risas no tardaron en surgir, ligeras, crueles.

Nadie se movió, nadie dijo nada para ayudarle.

Ella levantó la vista. Lo buscó. Desecha, pero aún aferrada a esa última esperanza absurda de que el CEO la mirara... de que interviniera.

Lo buscó con la mirada.

Él seguía ahí. De pie. Inmóvil.

Observando.

Como si todo aquello... no le incumbiera, como si ella... no significara absolutamente nada.

Y algo dentro de ella murió, es como si le pusiera sal a la herida sangrienta. Se apagó.

—Levántate —ordenó la mujer.

Ella no se movió, no podía, el dolor le atravesaba el costado como una daga.

—¿No escuchaste? Y entonces... El tirón.

Sus dedos se enredaron en su cabello y la obligaron a incorporarse sin cuidado. Un jadeo escapó de sus labios.

—Mírate —escupió con desprecio—. Ni siquiera puedes mantener la dignidad.

—Suéltame... —logró murmurar.

La bofetada estalló en el aire con violencia. Su rostro se giró por el impacto, y el ardor fue inmediato, insoportable.

El sabor metálico a sangre invadió su boca.

Un segundo de silencio. Y luego, nada.

Nadie intervenía, nadie se acercaba, ni siquiera él.

Sus ojos, ardientes, lo buscaron otra vez.

Y lo encontró, mirándola, sin expresión, sin intención de moverse, y menos intención de detener aquello. Como si ella mereciera cada golpe, Como si aquello... fuera justicia.

—¿Eso es todo? —dijo la mujer, sonriendo con crueldad—. Pensé que aguantarías más.

La empujó de nuevo.

Esta vez, ella no intentó sostenerse.

Su cuerpo cedió, cayendo de rodillas. Las manos contra el suelo frío. La respiración agitada.

Humillación... absoluta.

—Las mujeres como tú siempre terminan igual —continuó, rodeándola—. Fingiendo ser inocentes... hasta que alguien las expone.

Quiso responder, Quiso gritar. Y defenderse pero su voz no salió.

Porque en el fondo... dolía más el silencio de todos... que los golpes.

—Deberías agradecer que solo es esto —añadió con una risa baja—. Otros no habrían sido tan... considerados.

Un último empujón, su cuerpo terminó de rendirse contra el suelo, esta vez, no intentó levantarse, no tenía sentido, No había nadie que fuera a ayudarla.

El frío del piso se filtró en su piel. Cerró los ojos un segundo. Solo uno, para no llorar, Para no ponerse sentimental frente a ellos. Pero entonces...

Pasos, lentos, y decididos se acercaron, y el aire cambió en su totalidad.

No necesitó verlo para saber quién era.

Se detuvo frente a ella. Su presencia... imponente, inalcanzable.

Ella abrió los ojos, Ahí estaba, mirándola desde arriba, Como si fuera... nada.

Como si olvidarla fuera lo más fácil del mundo.

—Esto termina aquí. —Su voz cortó el ambiente.

Por un instante... Algo dentro de ella quiso creer, quiso aferrarse a la idea de que, al fin de su tortura—

Pero entonces él añadió:

—No vale la pena ensuciar más el lugar. No era por ella, nunca lo fue.

Su mirada recorrió su estado... sin detenerse.

—Que alguien la saque. Ordenaré sus cosas y se las entregarán bajo la lluvia.

Un hombre Frío, distante, desconocido. Ese lado oscuro que ella jamás había visto la primera vez que lo conoció.

Dos guardias se acercaron. La levantaron sin cuidado. Sus piernas apenas respondían. Y antes de que la arrastraran fuera... Miró una última vez hacia atrás, hacia él, esperando... algo. Una duda o un mínimo rastro de arrepentimiento. Pero no había nada. Solo indiferencia.

Y entonces lo entendió, No solo había perdido su trabajo, había perdido su lugar. Su nombre. Su dignidad. Y lo peor, había perdido cualquier valor a sus ojos. Sus labios temblaron. Pero esta vez no era dolor, era algo más oscuro, más peligroso.

Porque mientras la sacaban de ese lugar... una idea comenzó a formarse en su mente: Esto no iba a terminar así.

Minutos después, tras lograr recomponerse apenas, los guardias le lanzaron una caja y una maleta.

El maletero. Ese objeto que ahora detestaba... porque le recordaba a él, a su frialdad, a su error.

¿Cómo pudo haber sido tan ciega?

El sonido de la puerta cerrándose detrás de ella fue lo último que escuchó antes de que el mundo se volviera... silencioso.

Demasiado silencioso.

El aire de la calle golpeó su rostro. Frío. Áspero. Real.

Sus piernas temblaban, pero no se detuvo, No podía, después de lo que había pasado, caminó sin rumbo. Minutos... tal vez horas.

El dolor físico se mezclaba con algo peor, Vacío de su alma.

Cuando finalmente se detuvo, fue porque ya no podía más.

Sus manos se aferraron a la pequeña maleta. Lo único que le quedaba.

Tragó saliva.

Respira... aunque duela. Sigue.

Se agachó en una esquina poco iluminada. Sus dedos temblaban al abrir el cierre.

Dudó. Como si temiera confirmar lo evidente.

Que no tenía nada, que estaba sola, que lo había perdido todo.

Aun así... la abrió. El sonido del cierre rompió el silencio de la noche.

Apartó la ropa desordenada... Y se detuvo, Sus ojos se abrieron, No podía ser.

Debajo... había un sobre. Frunció el ceño, confundida.

No lo había puesto ahí, no había sido ella. Lo tomó lentamente, pesaba demasiado.

Lo abrió, dinero, se encontró con mucho dinero. Billetes perfectamente ordenados.

Por un instante, solo miró, sin reaccionar. Sin entender.

—¿Qué...? —sus palabras escaparon de sus labios.

Su mente comenzó a girar.

¿Quién...? —No, Había una sola respuesta posible.

Él. ¿Pero... y si era una trampa? . Su estómago se revolvió.

¿Era lástima? ¿O una forma elegante de deshacerse de ella?, Sus dedos se cerraron alrededor del dinero. La humillación ardió en su pecho, pero no lo devolvió, No podía. ¿De qué iba a vivir?, Porque por primera vez en toda la noche... Tenía una opción., de Sobrevivir.

Se levanto con más fuerza , comió una merienda pequeña de un pequeño café y luego busco un bus que la llevara a hoteles.

Horas después...

El letrero del hotel parpadeaba, como si estuviera a punto de apagarse.

Un lugar barato, Perfecto para alguien como ella ahora.

La recepcionista apenas la miró al pagar.

No preguntó nada, no le importó. Como a todos los demás.

Subió las escaleras lentamente. Cada paso dolía. Cada respiración pesaba.

Cuando cerró la puerta de la habitación detrás de ella...

Algo dentro de ella finalmente sus lagrimas rodaron por sus mejillas.

El cuarto era pequeño. La cama dura. Las paredes gastadas.

Pero era suficiente. Por ahora.

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