El silencio que siguió al impacto fue lo más aterrador.
No hubo gritos al principio. Ni siquiera dolor inmediato. Solo un vacío espeso, como si el mundo entero hubiera contenido la respiración en el instante en que el cuerpo de Andreina golpeó el suelo.
El sonido llegó después.
Un gemido bajo, roto, casi irreconocible como humano.
El aire le faltaba a Andreina, no sabía si era por el golpe o por el miedo. Intentó moverse, pero una punzada brutal le atravesó el abdomen y le arrancó un