El pitido constante de las máquinas era lo único que mantenía a Andreina anclada a la realidad.
Todo lo demás se sentía lejano, difuso, como si su cuerpo flotara en un espacio donde el tiempo no existía.
La luz blanca del quirófano había quedado atrás, pero aún la perseguía en destellos intermitentes cada vez que trataba de abrir los ojos.
La cesárea había terminado.
Y ella seguía viva, ¿Cierto?
Ese pensamiento llegó primero, débil pero firme, como una chispa en medio de la oscurid