El eco de las campanas de la catedral llenaba el aire de la ciudad, un sonido metálico y triunfal que para muchos anunciaba la boda del siglo, pero que para otros sonaba como el tañido de un funeral. Dentro de la sacristía, el ambiente estaba tan cargado que costaba respirar. El aroma de miles de flores blancas importadas resultaba casi insoportable, una fragancia dulce y espesa que se mezclaba con el olor a incienso, a perfume caro y a los nervios eléctricos de última hora.
Vianca Vanderbilt p