23. Garras Bajo la Piel
La lluvia caía fina, como un murmullo constante que arañaba los cristales de la biblioteca abandonada. Ailén hojeaba el documento que Lucien le había entregado esa tarde, sentada sobre una alfombra polvorienta, iluminada por la luz temblorosa de una lámpara de aceite.
El pergamino crujía como si protestara por haber sido despertado de un sueño largo. Estaba amarillento, manchado de tinta y, en sus bordes, carcomido por los años. Lo que contenía, sin embargo, era mucho más reciente de lo que par