Azura
El sol de la mañana entraba por los grandes ventanales del comedor real, pintando motas de polvo dorado sobre la mesa de caoba. Frente a mí, un banquete de frutas frescas, panes recién horneados y carnes ricas en hierro que Sarita me obligaba a comer. Ella no era solo una Beta de la antigua manada de Grayson; para mí, era el ancla que me mantenía firme mientras mi cuerpo cambiaba a una velocidad que me asustaba. Los embarazos de los licántropos eran intensos, una gestación de apenas seis m