Rey Zaulo
El crujido de la madera noble al romperse bajo la presión de mis garras fue el único sonido que retumbó en mi despacho. La carta, redactada con el sello oficial del Reino del Invierno Eterno, quedó arrugada y manchada con mi propia sangre en el centro del escritorio de caoba. Sentía que el pecho me ardía, que las costillas me apretaban el corazón y que mi lobo interno, una bestia salvaje que había tardado años en domar para convertirme en el Alfa Supremo de las tierras del sur, estaba