Azura
El llanto de Erix era un cuchillo oxidado que se enterraba en lo más profundo de mi cerebro, girando y desgarrando cada fibra de mi cordura. Mi hijo. Mi pequeño y perfecto cachorrito, que apenas tenía cinco meses de vida, estaba atrapado en los brazos mugrientos de ese maldito espectro. Ver la hoja de esa daga mellada presionando la piel tan suave y delicada de su cuellito, justo donde una pequeña y brillante gota de sangre carmesí comenzaba a brotar, me estaba volviendo loca. Sentía que