No la apresuraron.
Eso fue lo primero que notó.
Después de que la pregunta quedó suspendida en el aire—¿Dónde has estado todos estos años?—nadie llenó el silencio por ella. Ninguna insistencia suave. Ningún carraspeo nervioso. Solo el tic constante del viejo reloj y el leve silbido de la tetera en la cocina, como si la casa misma contuviera la respiración.
Mia estaba sentada en el borde del sofá, las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto pálidos. Su abuela se sen