El golpe en la puerta sonó dos veces. No fue fuerte.
Mia no esperaba a nadie. Casi no abre.
Abrió la puerta — y el mundo se inclinó.
Allen estaba ahí. Estaba ahí como si no hubiera destruido su vida.
Como si no hubiera engañado. Como si no hubiera firmado los papeles de divorcio. Como si no hubiera estado frente a un ataúd con su nombre grabado.
Su estómago se revolvió violentamente.
Por una fracción de segundo, olvidó cómo hablar.
Luego las palabras volvieron de golpe.
“¿Qué demonios haces aqu