Se vistió despacio esa mañana.
No porque no supiera qué ponerse, sino porque cada movimiento se sentía pesado, deliberado, como si al apresurarse, el valor pudiera escaparse entre sus dedos.
El dormitorio estaba en silencio. Demasiado en silencio. La luz del sol se colaba por las cortinas en líneas finas e inciertas, tocando el borde de la cama, la silla donde su abrigo la esperaba, el espejo que había estado evitando.
Aun así, se paró frente a él.
La mujer que le devolvía la mirada estaba sere