A la mañana siguiente, Damian estaba sentado en la cabecera de la mesa con el rostro pétreo, la mano derecha sosteniendo una taza de café negro que aún desprendía vapor. Frente a él, Aurora untaba mermelada sobre su tostada con elegancia, los labios curvados en una sonrisa tenue que no alcanzaba sus ojos.
Arc y Valerie permanecían cerca de la puerta, intercambiando miradas igual de incómodas.
—Tienes el cuello rojo, Alpha —dijo Aurora.
Damian no levantó la vista del periódico que estaba leyendo