CAPITULO XXXVIII

Thomas sentía el calor de su cuerpo como un veneno dulce recorriendo su piel. Anfisa estaba sentada en su escritorio, con las piernas ligeramente abiertas, dejándolo entre ellas como si su presencia ahí fuera natural. Pero no lo era. Nada de esto lo era.

El peso de su mirada sobre él era insoportable. Sus labios estaban entreabiertos, húmedos, listos para tentar. Y cuando se inclinó, con torpeza, con inocencia disfrazada de atrevimiento, Thomas sintió que algo dentro de él se rompía un poco m
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Lupita Quevedo QuevedoDios, tengo miedo por Anfisa
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