“Resístelo un poco más…” murmuró. Tras acariciar lentamente su sensible capullo, Thomas sintió las caderas de Anfisa arquearse en su mano que masajeaba su rosado nudo, buscando más. Podía ver las perlas de sudor brillantes formándose en su piel, oír sus gemidos de placer. Su aroma era embriagador, llevándolo al borde de la locura; casi sentía que era otro de sus sueños húmedos, verla así.
Thomas no pudo contener un gemido al ver cómo los muslos temblorosos de Anfisa se estremecían con la crec