Thomas la dejó recostada en la cama como si la depositara ahí para observarla, no para protegerla. Su chaqueta cayó al suelo sin apuro, como si no tuviera prisa por desnudarse... pero sí por desarmarla a ella.
La miró con esa calma afilada suya. Esa que no gritaba, pero se sentía como un cuchillo contra el cuello.
"¿De verdad quieres jugar a la hija ahora?"
Su voz era baja, casi un susurro. No por dulzura, sino porque lo que decía no necesitaba volumen para herir. Caminó lento hasta el borde de