Las pesadas puertas del centro de mando táctico se abrieron de golpe con un estruendo metálico que hizo eco en los pasillos de piedra. Dos guardias de élite de la manada Luna Negra empujaron sin miramientos a Vane hacia el centro de la estancia. El consejero, que pocas horas antes presumía de una elegancia intachable y una falsa seguridad, lucía ahora completamente descompuesto. Sus túnicas ceremoniales estaban desarregladas, su rostro pálido mostraba gotas de sudor frío y sus ojos se dilataban