Cinco años de paz ininterrumpida habían transformado al Imperio de la Luna de Sangre en una civilización próspera y avanzada. Durante este lustro, la capital se había expandido más allá de sus antiguas murallas, convirtiéndose en un faro de comercio, tecnología y magia donde humanos y licántropos convivían en absoluta armonía.
Elena, a sus veintisiete años, gobernaba con la sabiduría y la autoridad implacable de una verdadera soberana. El peso de la corona se había fundido con su propia esencia