El silencio espeso y pesado que siguió a la contundente derrota de Kaelen en el vasto patio de armas fue absoluto, interrumpido únicamente por el crujir lejano de las últimas y débiles ascuas violetas que se desvanecían lentamente bajo la pálida luz de la madrugada. Los guerreros renegados y las almas errantes que habían acompañado la insensata incursión yacían completamente sometidos y desarmados sobre el suelo de piedra, absolutamente desprovistos de su líder y de cualquier atisbo de esperanz