El silencio dentro del Gran Salón era aplastante. Ninguno de los Alfas ni los consejeros presentes se atrevía a romper la tensión mientras la mirada de Elena descansaba sobre un petrificado Damien. Roxanne, a su lado, apretaba los dientes con tanta rabia que las uñas se le clavaban en los apoyabrazos de la silla, impotente ante el aura de majestad que su rival emanaba sin esfuerzo.
—¿Cómo... cómo es posible? —logró pronunciar Damien, dando un paso tambaleante hacia el frente—. Te vi irte esa no