*—Dominick:
Era la criatura más bella que Dominick había visto en su vida.
Lo pensó sin vergüenza ni duda, con la certeza de quien ha encontrado algo sagrado.
Sus ojos se deslizaron con lentitud por la figura masculina que yacía boca abajo sobre la cama, envuelto en la pálida luz que se filtraba por las cortinas. El cuerpo de su omega tenía una suavidad casi irreal, como tallado en seda y bronce, con esa piel tersa, de un tono dorado sutil que brillaba bajo el sudor seco del placer compartido.