Capítulo 34.

Capítulo 34.

Arya.

La puerta de Dorian se abrió con un chirrido de madera vieja, pero él no salió. Estaba apoyado contra el marco, una mano presionando la herida de su espalda y la otra apretando la madera.

Sus ojos no eran grises en ese momento; eran dos brasas doradas que quemaban la oscuridad del pasillo.

—Ese cachorro... Acabo de oírlo, Arya. Acabo de sentirlo.

Estaba pálido, sudoroso y visiblemente al borde del colapso físico, pero su instinto de Alfa estaba más despierto que nunca.

—La fiebre te tiene delirando —dije, colocándome frente a él—. Vuelve a la cama. Ahora.

Él dio un paso hacia adelante, tambaleándose. Su aroma me envolvió, nublándome el juicio.

—No mientas. Un Alfa reconoce su propio eco. Ese niño...

—¡Vuelve a dormir!

Lo obligué a retroceder hasta que cayó sentado en el borde del colchón. La tormenta que se había estado gestando toda la tarde estalló finalmente afuera.

Un rayo iluminó la pequeña habitación, dibujando las facciones endurecidas de Dorian y el rastro d
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