Capítulo 34.
Capítulo 34.
Arya.
La puerta de Dorian se abrió con un chirrido de madera vieja, pero él no salió. Estaba apoyado contra el marco, una mano presionando la herida de su espalda y la otra apretando la madera.
Sus ojos no eran grises en ese momento; eran dos brasas doradas que quemaban la oscuridad del pasillo.
—Ese cachorro... Acabo de oírlo, Arya. Acabo de sentirlo.
Estaba pálido, sudoroso y visiblemente al borde del colapso físico, pero su instinto de Alfa estaba más despierto que nunca.
—La fi