La noche había caído densa y silenciosa, envolviendo el mundo en sombras. La oscuridad se extendía por todas partes, rota únicamente por la luz parpadeante de una lámpara de aceite que temblaba ante las corrientes de aire que se filtraban por las rendijas de la casa de madera de Florita.
El aire olía levemente a hierbas y flores secas que colgaban en manojos del techo, pero la calma sencilla del lugar no lograba aplacar la tormenta que rugía en el corazón de Livia.
Estaba sentada, acurrucada en