El sol se asomaba lentamente entre las nubes, y la luz fue llenando poco a poco la pequeña cabaña de Florita. Pero a pesar de ser de mañana, la pesadez de la noche aún permanecía en el aire.
Livia, todavía recostada contra el pecho de Aldus, respiraba con suavidad mientras escuchaba los latidos de su corazón... y aquel otro ritmo que le acompañaba. Una sonrisa volvió a sus labios y, a pesar de su debilidad, sintió una cálida esperanza.
—Gracias... no me ha abandonado —susurró con voz débil, com