La guerra no anuncia su llegada.
Se siente.
En el aire.
En los silencios más largos de lo normal.
En la forma en que los hombres caminan con la mano más cerca del arma.
A la mañana siguiente, la mansión ya no era la misma.
Más guardias.
Más vehículos entrando y saliendo.
Más puertas cerradas.
Y yo… ya no estaba confinada en mi habitación.
Ahora estaba sentada en la oficina privada de Nikolai Orlov.
Frente a él.
Sin esposas.
Sin vigilancia directa.
Eso no significaba libertad.
Significaba estrat