El estruendo de los fusiles en el jardín hacía vibrar los cristales de la habitación. Alejandro soltó el diario de Marco sobre la cama y se abalanzó sobre Elara, acorralándola.
— Se acabó el tiempo de las sutilezas, Elara — siseó él — Me has tomado por un estúpido mientras le enviabas señales a tu amante desde mi propia casa.
Él la sujetó de las muñecas, inmovilizándola con una fuerza que ella no esperaba. Elara forcejeó, sintiendo el pánico subir por su garganta, pero Alejandro hundió su rostr