El impacto de la lancha contra el casco hizo vibrar la cabina, y Dante reaccionó con la frialdad de un depredador acorralado. Presionó un resorte en el escritorio de caoba, revelando un compartimento, donde antes Elara había hallado la marca de bala.
— ¡Adentro, ahora! — ordenó Dante, empujándola sin ceremonias.
— No voy a esconderme de él — replicó Elara, aunque sus dedos se cerraban sobre la Glock que aún guardaba bajo el muslo.
Dante la tomó de los hombros, y sus ojos grises se clavaron en l