El sol entraba a raudales cuando Lorenz me sacudió el hombro con demasiada energía para ser legal.
—Levántate. Hoy es el último día.
Me giré, todavía medio dormida, y le lancé la almohada a la cara. Él la agarró al vuelo y se rió.
—En serio. Levántate. Tengo un plan.
—¿Qué plan? —pregunté, entrecerrando los ojos—. Porque si otra vez es “vamos a hablar de nuestros sentimientos mientras desayunamos”, me divorcio antes del mediodía.
Lorenz se quedó mirándome dos segundos y después soltó una carcaj