Me quedé mirándolo, sin saber si reír o llorar o besarlo otra vez.
Cinco.
La palabra flotaba entre nosotros como una provocación dulce, casi insolente. Lorenz no apartaba los ojos. Tenía esa expresión de quien acaba de lanzar una piedra al agua y espera a ver hasta dónde llegan las ondas.
—¿Cinco? —repetí, todavía incrédula—. ¿De verdad estás hablando en serio?
Él se recostó de nuevo en la silla, cruzó los brazos detrás de la cabeza y sonrió con esa mezcla de orgullo y picardía que solo le salí