El avión tocó pista con un temblor suave. Lorenz abrió los ojos exactamente en ese segundo, como si hubiera estado contando los minutos sin mirar el reloj. Me apretó la mano una vez más y soltó el aire que llevaba retenido desde que la costa se perdió de vista.
—Ya está —murmuró—. Se acabó el escape.
No sonó a lamento. Sonó a aceptación. A ganas.
Bajamos del avión con el cuerpo todavía cargado de sol y de sal. El aeropuerto olía a café quemado y a lluvia lejana. Lorenz cargó las maletas como si