Me quedé en el suelo hasta que el temblor de las manos se volvió soportable.
La bata abierta, las rodillas marcadas por el frío del suelo, el anillo todavía allí, brillando con una inocencia que ahora me resultaba casi obscena.
Me levanté.
Me duché con agua demasiado caliente, hasta que la piel ardió y el olor de Emilian, lluvia, tabaco, desesperación, se disolvió en el vapor. Me vestí con el vestido negro. Me sequé el pelo. Me puse maquillaje suficiente para que nadie notara que había ll