Comimos. O al menos fingimos. La pasta sabía a cartón. El champán se calentó en las copas. Lorenz y su madre intercambiaron frases educadas sobre el menú, sobre el tiempo, sobre una tía que vivía en Valencia. Yo asentía en los momentos correctos, sonreía cuando tocaba, pero mi mente seguía en la puerta del restaurante y en la forma en que Emilian había mirado el anillo como si le hubieran abierto una herida antigua.
Cuando el camarero retiró los platos, la madre de Lorenz dejó el tenedor con su