Lorenz no soltó mi mano.
Ni siquiera cuando el temblor de sus dedos se volvió más estable, ni cuando el monitor dejó de sonar con esa urgencia contenida. Seguía ahí, con los ojos abiertos a medias, como si cerrarlos del todo fuera arriesgarse a perder de nuevo el hilo que lo unía a la habitación. A mí.
El pecho me dolía de una forma distinta. No era el miedo de las últimas horas. Era algo más denso, más antiguo. Esas tres palabras seguían resonando entre nosotros, imperfectas por el tubo, per