El gotero seguía goteando más despacio, como si también él hubiera notado el cambio.
Lorenz no volvió a abrir los ojos. El leve aumento en la frecuencia cardíaca se había disipado, pero el temblor de sus dedos no había desaparecido del todo. Seguía ahí, mínimo, casi un recuerdo de movimiento bajo mi palma. Yo no solté su mano. No podía. El calor que salía de su piel era la única prueba tangible de que algo había cruzado el umbral.
Emilian permanecía al otro lado de la cama. No se había sentado.