El café se enfrió sin que nadie lo tocara.
Las gotas seguían golpeando el cristal con esa insistencia suave que no pedía permiso. Afuera, el cielo de julio se había vuelto del color de la pizarra mojada. Dentro, el monitor llevaba el compás y el pecho de Lorenz subía y bajaba como si el mundo entero dependiera de ese ritmo monótono.
Emilian no había vuelto a hablar desde que dejó el vaso cerca de mí. Se limitaba a mirar, a veces a Lorenz, a veces a la ventana, casi nunca a mí. Pero yo sentía su