El reloj de la pared marcaba las tres y doce cuando el silencio de la habitación se quebró por primera vez de verdad.
No fue el monitor. No fue el carro de metal del pasillo. Fue el sonido suave de la puerta al abrirse y la voz baja, educada, de una enfermera que decía:
—Señor, no puede entrar sin autorización. Solo familiares directos en este momento.
Y entonces su voz.
—Soy familiar. Mi nombre es Emilian Novak Adler
Mi cuerpo se tensó antes de que el cerebro terminara de procesar el nombre. L