La tarde del viernes transcurrió entre nervios y determinación. Cambié de outfit tres veces antes de decidirme por un vestido negro ajustado pero elegante, de mangas largas y escote discreto. Me maquillé con cuidado, delineador marcado, labios rojo borgoña y el cabello suelto en ondas suaves. Quería sentirme poderosa, no vulnerable.
Llegué al restaurante exactamente a las ocho. Emilian ya estaba allí, de pie junto a la mesa, impecable con una camisa gris oscura que resaltaba sus ojos. Al verme,