En las enormes y lujosas oficinas de las empresas Ayesa, Triana caminaba de un lado a otro, completamente desesperada.
Habían pasado horas desde que había llamado a Alaric y él no le había contestado.
Su secretario, un hombre que parecía obviamente que no le tenía la más mínima estima, se había negado a pasarlo al teléfono y aquello la tenía al borde de los nervios.
—Señorita Ayesa... —la voz tímida de su secretaria interrumpió su furia. Triana observó a la chica que su madre había enviado. Esta era la quinta o sexta, no lo recordaba, la verdad era que ella olvidaba los nombres que no le importaban.
—¿Qué quieres? —respondió ella con brusquedad, mientras la chica dio un pequeño respingo ante su grito tan aterrador.
—Lo lamento, mi señorita, es solo que he recibido una llamada y, según tengo entendido, este tipo de mensajes no pueden ser ignorados.
Triana la observó con molestia.
¿Se preguntaba de qué hablaba? Seguramente eran sus padres, alguna otra tontada del trabajo, aquel que casi